En el Estero profundo, un niño llega a su hogar fascinado por haber visto pájaros de plata sobrevolando la llanura: pequeñitos y brillantes, volando a la velocidad de la luz, rozando bien cerquita a la gente del lugar.
Los pájaros de metal rasgaban algunos hombros con las puntas filosas y finas de sus alas, perfectamente simétricas y brillantes. Emergía de los cuerpos humanos un líquido que bordeaba lo rojo, jarabe de frutilla. El niño no comprendía.
El niño llegó agitado, tal vez un poco maravillado, a su hogar y contó a su madre lo ocurrido.
La madre derramó la historia del niño sobre el papel y la envió al diario del pueblo.
Otro niño, el mismo día, en la otra punta del Estero, llegó con un miedo que le calaba los huesos a su hogar. Contó a su madre que hombres de la ley dispararon contra todo aquel que cruzaba los pastizales.
Lo que una vez le nombró su padre dentro de las cosas que se dicen “malas”, él lo vio, y lo vivió en carne propia ante sus pequeños ojos miel. Pequeñas balas, eso eran, él lo sabía: balas de plomo. No eran flores, solo espinas.
Ese día, ninguno de los niños cenó.
Sus ojos no pudieron cerrarse en toda la noche.
En el diario del lugar se dijo que una oleada de pájaros plateados voló aquel día sobre los pastizales del profundo Estero.
El pueblito, asombrado, puso jaulitas por todos lados. No podían creer tal suceso en la calma diaria de un pueblo silencioso.
Pero las jaulitas nunca cazaron nada.
Y otra vez, bajo el sol quemante, un niño desaparecía en manos de aquellos gigantes.