No entiendo
qué es lo que el futuro,
el presente,
el pasado
le reclaman al tiempo.
Trato de comprender
lo fugaz de cada encuentro
y la velocidad con que
las agujas recorren la circunferencia del reloj,
inerte,
colgado en la pared,
insulso.
Esto marca,
segundo a segundo,
lo que se nos fue de vida
y trata de acercarnos
al momento que no llega,
pero que se avecina.
Estoy a pocos pasos
de tocar
el tiempo.
La yema de mis dedos
comienza a consumirse,
mi cara se despega
del hueso,
mi carne
se degrada,
mis pies se despegan del suelo
y mi cabeza,
que no para.
Solo queda la materia cerebral
que
sigue
y sigue
y sigue
y sigue
y sigue
y sigue,
girando en torno
a un solo suceso.
El cerebro
es lo último
en prenderse fuego,
lo último
que se consume.
Mis manos agarran por la frente a mi cabeza,
la empujan hacia arriba
y se despegan en sentido al cielo.
El hilo que sostiene al cuerpo,
a esta bolsa de huesos,
está por cortarse,
por desprenderse del centro.
Morir.
Y el tiempo, agarrando mis pies,
tirando,
tirando,
tirando,
mientras me pide que frene,
como sin quererlo.
Mientras me pide que frene,
me pongo ansiosa.
Quiero ver
a dónde me arrastra,
cuál es el final
del camino.