En la era cibernética
me dejaste,
y ahora guardo los videos que te pasaría por Instagram
y trato de buscar tu nombre,
pero,
como me bloqueaste,
de tu vida me bloqueaste,
no lo veo.
De-
sa-
pa-
re-
ci-
do
estás.
¿Será realidad la vida esta
fuera de la red,
en la que puedo, tal vez, cruzarte en una calle,
en un bar,
o tu imagen estaría pixelada,
como en ese capítulo de Black Mirror?
Uff, no lo sé,
ya no lo sé.
Comienzan a borrarse tus rasgos de mi memoria de 16 GB,
comienza a desintegrarse el rollo de la analógica
en la que alguna vez compartimos el espacio
plástico de una foto.
¡EU!
Me bloqueaste
y es mejor, tal vez.
Puedo pensar ahora:
no te veo
y te quiero.
Y si estás bien,
bloqueame de tu vida también,
de la real,
de esa vida paralela
de la cual nos olvidamos a veces
y es tan pura.
Esquivame
y no me mires,
que me muero de amor.
EU,
sí,
me derrito
y quedo como una mancha en la calle.
Hay un punto ciego, como el de las cámaras,
en algunos trabajos,
donde podés pararte a rascarte la oreja
o tomarte un mate.
Hay un punto ciego,
así como ese,
donde se cruzan la vida real
y la vida cibernética.
Ahí, en ese lugar,
tu imagen se anula.
Es como una suma de vectores:
empujan de un lado,
empujan del otro,
y chau,
me fui.