Luna blanca y estrellas de cristal para tu magia

viernes, 14 de abril de 2017

Crónica de un viaje


“También somos seres humanos “escuche entre las voces de los mal llamados animales extranjeros, esos a los que le temen por ser guerreros sin armas.
Un policía con barbijo se nos acerca impaciente a pedir que  nos sentemos. La huida ya no nos permitía huir, son “libres” decían  cuando nos  sacaron de nuestro  país y nos invitaron al suyo, al refugió.
Hace años viaje a este país en busca de historias, de verdad, de comunicar lo incomunicable y sacar el paño que cubría la realidad de esta situación.
Aun recuerdo el abrazo de mi novio, su voz cálida tratando de hacerme entender el peligro de lo que iba a hacer, ese día lo vi llorar por primera vez. Recuerdo   a mi bebe tirando de a poquito de mi pantalón, mirándome como nadie me había mirado antes, podía ver el miedo, la tristeza, todo en sus ojitos, sus manos suaves me acariciaban y temblaban.
Pero ya todo estaba en camino, yo estaba en camino. Mis piernas temblaban al nivel de un terremoto escala 8. Trataba de tranquilizarme pero me era imposible. Estaba viajando a un destino incierto, dejando a mi novio, mi hijo y mi vida, para seguir un objetivo, el cual estaba segura de seguir, pero igualmente me causaba miedo.
Pasaron 3 años desde el día que decidí viajar a Alepo, la mayor ciudad de Siria al Norte de ese país dividido rigurosamente por “los atacantes, los observantes y los atacados “.Hoy  me encuentro  en la oscuridad de mi cuarto-trinchera ubicado en el pueblito (o lo que queda de el) de Bab. Los estruendos  no paran, son una rutina eficaz en esta parte del planeta, mi corazón parece fundirse con esa rutina y  late al nivel en que cae cada bomba, en que se dispara cada bala.
 Casi lo olvido, hoy cumplo 27 años, se me cruza mi familia y  la vida de la familia vecina por mi cabeza, el papa mutilado dejando a 3 nenes huérfanos en medio de este caos. Se me cruzan sus gritos desaforados, y me vuelven a recorrer esos escalofríos penetrantes.
 Una gota densa comienza a resbalar por mi mejilla pasando por cada milímetro de mi cara  cayendo por mi cuello hasta desaparecer, como desaparece de mi cabeza la idea de seguir con este objetivo.
La semana pasada llego a mis oídos, no creo que casualmente, la noticia de que 3 reporteros habían desaparecido. Mi cabeza entro en caos, lo  único que quería era hablar con mi novio y mi hijito. Pero obviamente conseguir un teléfono, realizar una llamada y permanecer hablando tranquilamente era una epifanía en estos tiempos, en este lugar.
La gente de aquí parecía estar siempre en el lugar, momento y  ser  equivocado.
 Raed era uno de los tres hermanos huérfanos, uno de los millones de niños equivocados. El  era menor de los tres, de seis  años, bajito, de ojos marrones llanos, pestañas largas y pelo negro, suave y brillante. Era callado, rara vez lo oía hablar, Raed no se quejaba, solo escuchaba, miraba y comprendía. Era impecable en todo sentido y tenía una pasión loca por la música. Tal vez eso era lo que lo volvía tan pacifico en medio de la locura.
Recuerdo la noche en que por la ventanita de mi habitación  lo vi en un rincón de su patio con un instrumento que nunca había visto ni escuchado antes, tocándolo como si fuera que miles de personas lo escuchaban, como si su padre lo escuchara desde algún lugar del cielo.
Poco tiempo después me entere que lo había hecho su padre y ahora Raed lo había aprendido a usar.
Obviamente todo rastro de curiosidad, arte, o pensamiento estaba atado a una dura represalia. Por eso todo se había vuelto monótonamente triste.
Me costó demasiado hacerle entender a los 3 hermanos que no venía a hacer caridad,  a brindarles cariño falso ni a demostrar que soy mejor que… o mas compasiva que… yo venía a mostrar su vida, sus historias, para que no sigan así, para lograr un cambio, para que los demás vean la realidad. Pero era difícil.
Ahmad era el hermano mayor,  tenía ya diecinueve años, era el cerebro, la fuerza, la paz y la guerra, la esperanza, y el cansancio agobiante, el era todos y a la vez no era nadie.
Peleaba en silencio, a escondidas. Nació  cuando se podía ser alguien por más que tu pueblo se caiga, nació cuando se podía caminar sin importar tu paso y reír sin que te miren raro.
Creció con su papa, hasta que el tiempo, los juguetes, la noche se convirtieran en armas y se lo quitaran. Una noche de verano, calurosa, su padre ya no estaba, pasaron los días y la falta se volvió costumbre, a la par del dolor, ninguno mencionó lo sucedido, tenían terror.
Los observo a los 3, a Raed, Ahmad y Maly, No hay nada en sus caritas. Los miro y el dolor me recorre de punta a punta, veo la cara de mi hijo en ellos, y me desarmo lentamente, a escondidas.
Una reportera, mujer, en medio de esto no puede hacer nada, no es nada. O al menos eso se comentaba.
Compañeros míos trabajaban a la par de los sucesos para sacar adelante la información que conseguíamos y hacerla visible, pero nunca llegaban a puerto. Incautaban  la información, mostraban otra cara .Compraban armas, sacaban cuerpos, salían barcos negros.
Un día, Ahmad se canso de esperar  y salió a buscar. Antes de partir me comento su plan, era aterrador, denigrante, pero era su plan, su método de salida. Y yo los quise acompañar. Ya no quería seguir en este lugar, extrañar  y sufrir tanto me estaba haciendo mal.  
Un reportero argentino esa noche me envió tapas de los diarios de allá, que  comentaban la ayuda que se les estaba proporcionando a “los refugiados”, como alemanes, españoles o argentinos  los recibían con caramelos y peluches.
Aunque el viaje que íbamos a realizar no era “legal” sabía que al llegar íbamos a tener la tranquilidad de un refugio, de un lugar en paz. Respire tranquila  y dormí  por esa noche como no dormía hace mucho.

El dolor que se veía en sus caras al salir de su pequeña casita era impresionante, estaban dejando una vida  para intentar comenzar otra en algún lugar del mundo, sin seguridades, solo con esperanza de que quizás puedan cambiar la realidad en que estaban.
Éramos 200 personas a la deriva en medio del océano en un barco con capacidad para 60. No tenía lugar para moverme, sentía que cada vez que respiraba inspiraba la espiración de mi compañero de viaje. De tres barcos solo llegaba uno o ninguno, pero como hacía tres años en el aeropuerto, ya estaba encaminada. Solo quedaba seguir.
No se oía una palabra, solo silencio y expectativa. Las olas golpeaban como látigos y la obscuridad de la noche en el océano tapaba todo rastro de vida. Ahmad agarro fuerte mi mamo y en fila con sus hermanos intentamos no soltarnos.  Duro días, que para mi fueron años,  pasaron desgracias, llegamos 80 (no supe si menos, era difícil contar) de los 200 que nos embarcamos. El océano se llevo almas, se llevo historias, amores.
Al llegar al refugio nos recibió un  policía de barbijo y armas que nos miraba, y sin paz degradaba a las personas que acababan de arriesgar su vida por salir del terror, éramos menos que todos. No había bombas, había un refugio, incontables policías, 80 personas, y historias infinitas.

“También somos seres humanos “…escuche.

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