“También somos seres humanos “escuche entre las voces de los
mal llamados animales extranjeros, esos a los que le temen por ser guerreros
sin armas.
Un policía con barbijo se nos acerca impaciente a pedir que nos sentemos. La huida ya no nos permitía huir,
son “libres” decían cuando nos sacaron de nuestro país y nos invitaron al suyo, al refugió.
Hace años viaje a este país en busca de historias, de verdad,
de comunicar lo incomunicable y sacar el paño que cubría la realidad de esta situación.
Aun recuerdo el abrazo de mi novio, su voz cálida tratando
de hacerme entender el peligro de lo que iba a hacer, ese día lo vi llorar por
primera vez. Recuerdo a mi bebe tirando de a poquito de mi pantalón,
mirándome como nadie me había mirado antes, podía ver el miedo, la tristeza,
todo en sus ojitos, sus manos suaves me acariciaban y temblaban.
Pero ya todo estaba en camino, yo estaba en camino. Mis
piernas temblaban al nivel de un terremoto escala 8. Trataba de tranquilizarme
pero me era imposible. Estaba viajando a un destino incierto, dejando a mi novio,
mi hijo y mi vida, para seguir un objetivo, el cual estaba segura de seguir,
pero igualmente me causaba miedo.
Pasaron 3 años desde el día que decidí viajar a Alepo, la
mayor ciudad de Siria al Norte de ese país dividido rigurosamente por “los
atacantes, los observantes y los atacados “.Hoy
me encuentro en la oscuridad de
mi cuarto-trinchera ubicado en el pueblito (o lo que queda de el) de Bab. Los
estruendos no paran, son una rutina
eficaz en esta parte del planeta, mi corazón parece fundirse con esa rutina y late al nivel en que cae cada bomba, en que se
dispara cada bala.
Casi lo olvido, hoy
cumplo 27 años, se me cruza mi familia y la vida de la familia vecina por mi cabeza, el
papa mutilado dejando a 3 nenes huérfanos en medio de este caos. Se me cruzan
sus gritos desaforados, y me vuelven a recorrer esos escalofríos penetrantes.
Una gota densa
comienza a resbalar por mi mejilla pasando por cada milímetro de mi cara cayendo por mi cuello hasta desaparecer, como desaparece
de mi cabeza la idea de seguir con este objetivo.
La semana pasada llego a mis oídos, no creo que casualmente,
la noticia de que 3 reporteros habían desaparecido. Mi cabeza entro en caos, lo único que quería era hablar con mi novio y mi
hijito. Pero obviamente conseguir un teléfono, realizar una llamada y
permanecer hablando tranquilamente era una epifanía en estos tiempos, en este lugar.
La gente de aquí parecía estar siempre en el lugar, momento
y ser
equivocado.
Raed era uno de los
tres hermanos huérfanos, uno de los millones de niños equivocados. El era menor de los tres, de seis años, bajito, de ojos marrones llanos, pestañas
largas y pelo negro, suave y brillante. Era callado, rara vez lo oía hablar, Raed
no se quejaba, solo escuchaba, miraba y comprendía. Era impecable en todo
sentido y tenía una pasión loca por la música. Tal vez eso era lo que lo volvía
tan pacifico en medio de la locura.
Recuerdo la noche en que por la ventanita de mi habitación lo vi en un rincón de su patio con un
instrumento que nunca había visto ni escuchado antes, tocándolo como si fuera
que miles de personas lo escuchaban, como si su padre lo escuchara desde algún
lugar del cielo.
Poco tiempo después me entere que lo había hecho su padre y
ahora Raed lo había aprendido a usar.
Obviamente todo rastro de curiosidad, arte, o pensamiento
estaba atado a una dura represalia. Por eso todo se había vuelto monótonamente triste.
Me costó demasiado hacerle entender a los 3 hermanos que no venía
a hacer caridad, a brindarles cariño
falso ni a demostrar que soy mejor que… o mas compasiva que… yo venía a mostrar
su vida, sus historias, para que no sigan así, para lograr un cambio, para que
los demás vean la realidad. Pero era difícil.
Ahmad era el hermano mayor, tenía ya diecinueve años, era el cerebro, la fuerza,
la paz y la guerra, la esperanza, y el cansancio agobiante, el era todos y a la
vez no era nadie.
Peleaba en silencio, a escondidas. Nació cuando se podía ser alguien por más que tu
pueblo se caiga, nació cuando se podía caminar sin importar tu paso y reír sin
que te miren raro.
Creció con su papa, hasta que el tiempo, los juguetes, la noche
se convirtieran en armas y se lo quitaran. Una noche de verano, calurosa, su
padre ya no estaba, pasaron los días y la falta se volvió costumbre, a la par
del dolor, ninguno mencionó lo sucedido, tenían terror.
Los observo a los 3, a Raed, Ahmad y Maly, No hay nada en
sus caritas. Los miro y el dolor me recorre de punta a punta, veo la cara de mi
hijo en ellos, y me desarmo lentamente, a escondidas.
Una reportera, mujer, en medio de esto no puede hacer nada,
no es nada. O al menos eso se comentaba.
Compañeros míos trabajaban a la par de los sucesos para
sacar adelante la información que conseguíamos y hacerla visible, pero nunca
llegaban a puerto. Incautaban la
información, mostraban otra cara .Compraban armas, sacaban cuerpos, salían
barcos negros.
Un día, Ahmad se canso de esperar y salió a buscar. Antes de partir me comento
su plan, era aterrador, denigrante, pero era su plan, su método de salida. Y yo
los quise acompañar. Ya no quería seguir en este lugar, extrañar y sufrir tanto me estaba haciendo mal.
Un reportero argentino esa noche me envió tapas de los
diarios de allá, que comentaban la ayuda
que se les estaba proporcionando a “los refugiados”, como alemanes, españoles o
argentinos los recibían con caramelos y peluches.
Aunque el viaje que íbamos a realizar no era “legal” sabía
que al llegar íbamos a tener la tranquilidad de un refugio, de un lugar en paz.
Respire tranquila y dormí por esa noche como no dormía hace mucho.
El dolor que se veía en sus caras al salir de su pequeña
casita era impresionante, estaban dejando una vida para intentar comenzar otra en algún lugar
del mundo, sin seguridades, solo con esperanza de que quizás puedan cambiar la
realidad en que estaban.
Éramos 200 personas a la deriva en medio del océano en un
barco con capacidad para 60. No tenía lugar para moverme, sentía que cada vez
que respiraba inspiraba la espiración de mi compañero de viaje. De tres barcos
solo llegaba uno o ninguno, pero como hacía tres años en el aeropuerto, ya
estaba encaminada. Solo quedaba seguir.
No se oía una palabra, solo silencio y expectativa. Las olas
golpeaban como látigos y la obscuridad de la noche en el océano tapaba todo rastro
de vida. Ahmad agarro fuerte mi mamo y en fila con sus hermanos intentamos no soltarnos.
Duro días, que para mi fueron años, pasaron desgracias, llegamos 80 (no supe si
menos, era difícil contar) de los 200 que nos embarcamos. El océano se llevo almas,
se llevo historias, amores.
Al llegar al refugio nos recibió un policía de barbijo y armas que nos miraba, y
sin paz degradaba a las personas que acababan de arriesgar su vida por salir
del terror, éramos menos que todos. No había bombas, había un refugio,
incontables policías, 80 personas, y historias infinitas.
“También somos seres humanos “…escuche.
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