Tengo un corazón en mis manos.
Lo observo distante.
Paso las yemas de mis dedos
por su superficie,
fría como hielo,
suave como
suave, solo eso.
Lo giro.
Hay venas huecas donde
mi dedo puede entrar
y
buscar
rastros de la sangre que lo hizo palpitar.
(Cuatro cámaras:
dos procesan
mientras dos se vacían,
las otras dos se llenan.
Por las arterias
corre la vida
que el cerebro ordena.)
Vuelvo a girarlo
mientras mis ojos,
atónitos,
brillan
como
su
superficie
suave.
El corazón que tengo en mis manos
es grande como…
como un mango,
como una manzana roja de supermercado.
Este corazón,
ahora frío,
latió, quizás, muy fuerte,
hasta casi reventar por la diferencia de presión.
Este corazón le dio vida a un cuerpo
que amó,
odió,
corrió,
respetó,
estudió,
viajó,
ganó,
perdió,
comprendió,
murió.
Y ahora, objeto de estudio
para gente que transita el mismo proceso,
yace sobre una mesa de azulejos blancos.
Mil manos lo tocan por día,
mil dedos interrumpen lo que fue, entonces,
un cauce de sangre para la vida.
Conservado perfectamente
por los días de los días,
hasta que otro corazón se muera
y sea donado a la ciencia.
Mis manos lo giran nuevamente
y lo dejan,
solo y frío,
para observarlo
desde la perspectiva del vivo humano.
¡Qué lindo escribe usted! Saludos.
ResponderEliminarGracias Jorge! Y Gracias por leer ❤
ResponderEliminarSiempre, poeta. Un abrazo.
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