La luz de la luna anuncia
la penosa causa
que encierra la noche.
A oscuras,
el silencio devora las horas,
afilando cada punta de lo ovalado,
raspando a medida que se arrastra.
La penosa
causa
que conlleva el caer la noche
puede relacionarse,
casi directamente,
con lo salado de las lágrimas que caen por las mejillas
de aquellos
que
son
melancolía pura.
Lo sombrío de la calle,
lo tétrico de un piso a medio hacer,
las ventanas cerradas,
la espera eterna,
el silencio que grita
y unas manos que tiran.
La luz se vuelve pesada a través
del espacio que queda entre la cortina
y el marco de la ventana.
No hay remedio que cure
la agonía de la noche acercándose cuando se está despabilado,
cuando ya no hay sueño.
Y se supone
que no hay que soñar
cuando la vida ya parece sumida
en la neblina que aparece cuando, en una película,
el personaje principal duerme.
Existe un pacto
entre las estrellas, la luna y la noche.
Coexisten en él
todos los estados de la materia,
todos los sentimientos rondando la esfera.
Mi cabeza
se hunde
y sumerge los sentidos
en el caos pleno,
en el tsunami que rompe en las costas
de una ciudad vacía de antemano.
No existiría paz sin saber que existe el caos.
La armonía se desliza suavemente
por un terreno destrozado por la tormenta.
Ahora es todo silencio.
Los pájaros cantan
y las nubes desaparecen.
El campo está despejado.
Yo también.
Sin embargo,
mi pelo está algo enredado
y mi ropa mojada.
Acaricio mi piel rasposa,
mis manos
sucias,
y siento por todo mi cuerpo
las plantas de mis pies deshacerse
en esta paz,
en la armonía de este campo con pájaros,
con flores.
El verde emerge de lo profundo del mar,
destellos diminutos.
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