Luna blanca y estrellas de cristal para tu magia

martes, 15 de enero de 2019

La mecánica de un corazón automático

Claramente, mi corazón no es una máquina.

Puede que a menudo lo confunda,
le otorgue adjetivos erróneos,
lo categorice,
lo cubra de antioxidante para que, con el correr del tiempo, no olvide cómo amar.

Las partecitas más pequeñas comienzan a atrofiarse,
los sonidos ya dejan de ser suaves
para convertirse en crujidos.

Ahí es donde confundo su naturaleza.
Parece metal.
Lo toco
y está frío.

Late
y parece marcar el tiempo,
no el ritmo vital de esta carne sostenida por los huesos.

Sigue, sí,
a pesar de todo esto,
bombeando los litros de sangre suficientes
para que el cuerpo pueda obedecer al cerebro.

Una mano se mueve,
un pie delante del otro en un ritmo coordinado y correcto,
la boca se abre y se cierra,
la nariz deja entrar y salir el aire suficiente
para poder alimentar a los pulmones y que ellos...
¿qué más da?

El motor del Dodge
era capaz,
a partir de la presión y la energía,
de hacer bajar y subir el pistón que transformaba la energía
en el movimiento que hacía girar los neumáticos,
la combinación de la nafta y la chispa
que enciende cualquier vehículo.

Sí, puede que a veces mi corazón
se parezca a una máquina,
en el tiempo libre del que se escapa
cuando no late apresuradamente por alguien.

Quisiera que no fuera tan frío
y mecánico,
pero es que, con el correr de los días
y de este mundo cada minuto más apresurado,
las definiciones se entrelazan.

La biología dice que los sentimientos radican en el cerebro,
no en el corazón.
¿Por qué los símbolos, la poesía, las películas
echan la culpa a este órgano de cuatro válvulas,
ubicado en el lado izquierdo, casi en el centro de nuestro tórax?

No lo sabemos.
Quizás unamos el sentir con los latidos,
quizás tenga una forma más amena,
quizás sea más poético.

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