El pasado me tienta,
me enrolla.
A veces me baja,
a veces no tanto,
a veces me embola,
a veces me entretiene.
Los recuerdos se cruzan por mis ojos,
las imágenes me transportan,
y se suelta de mi gesto una sonrisa idiota.
Escribo y las letras sienten un leve deseo de ir en reversa,
pero ponen primera y aceleran en línea recta,
llegando a una meta
no tan ganadora.
También, a veces, giran en torno a una palabra
y no le permiten salir de ahí;
la rodean,
la observan,
temerosas de crear significados,
de significar algo.
El pasado a veces da ganas de crear,
y es cómico pensar
que creamos para el futuro y el ahora,
un poco nutridos de ayer.
Redondeo los labios,
tratando de pronunciar
lo escrito,
y el sonido es mudo.
Parece que las palabras no quieren sonar,
sin embargo, se dispersan mudas en el aire
y mueven el mundo
de a poco.
Lo que era ya no es.
Establezco nuevas metas,
distancias lejanas a las cuales mirar con deseo.
Tengo poco,
pero basta.
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