El fuego emerge de las cenizas
de una yo bastante apestada,
apretada.
Hay horas que no pasan,
minutos que me aprietan,
personas que lastimo.
Yo me lastimo.
Me hiero,
me corto,
me río,
me hiero,
floto
y nazco,
cuando en realidad busco morir.
Mis letras estaban estancadas,
siguen estando,
llenas de verdín.
Me hacen caer
en cada cordón
de vereda gris.
Juro que no quiero
herirte.
Yo tampoco
quiero herirme.
Pero fluye como agua,
como el agua que pasa
por todos esos ríos que yo no estoy viendo
y que ya no veré,
porque ya pasaron
para no volver.
No hay rewind,
es así:
pasa y no vuelve,
como lo vas a hacer vos.
Pero yo logré verte.
No sos como el cauce del río,
vos vas a seguir ahí,
igual,
así de lindo.
Tampoco hay rewind en esto,
y por eso lloro,
y por eso mis letras se estancan.
Mis dientes muerden el labio inferior,
mis ojos se cierran en la inmensidad del olor a café.
Café como tus ojos,
que son un poco más claros,
pero recuerdan la misma inmensidad.
Sin embargo,
ahora,
no te veo,
ni me ves.
No querés,
y te entiendo.
Mejor guardo las palabras en una caja,
mejor guardo los abrazos en una caja,
mejor guardo los besos, bien lejos,
en otra caja con llave.
Mejor me guardo,
te resguardo
de mí.
No te doy los besos,
no te doy los abrazos.
Las palabras son chiquititas
y, casi siempre,
se me escapan.
Se filtran por las lágrimas,
por el agüita de la nariz,
por mis ojos grandes que son como espejos.
Las palabras son tristes a veces,
y se me escapan,
o las suelto por ahí,
porque sí.
Quiero dejarlas,
pero también guardarlas.
Y te quiero,
y no me gusta quererte,
porque me da miedo.
Y qué cosa, che, el amor:
tantos libros,
tantas películas,
tantas canciones,
perfumes,
remeras,
colores.
Sin embargo, nadie aprende.
Muchos lloran.